El fixture del Mundial de Rusia 2018: a qué hora se juegan y cómo ver los 64 partidos

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¿Messi podrá ser el Maradona del 86?

En los avatares e inminencias de un Mundial, aquel Maradona colosal de México 86 reaparece como una postal futbolística tan heroica como insuperable. Messi, aunque no sea su deseo, también queda abrazado a esas imágenes. Y se construye una pregunta de resonancia significativa: ¿podrá Messi expresarse en plenitud como aquel Diego del 86? Las diferencias estratégicas expresadas en la cancha. Las distintas respuestas emocionales

Cada cuatro años en ocasión de un Mundial, un interrogante muy potente y sensible se instala en todos los rincones de la Argentina que respiran fútbol: ¿podrá Messi en Rusia 2018 ser aquel Maradona genial de México 86?

La pregunta nada original pero vigente, ganó protagonismo en la previa de Sudáfrica 2010 cuando Messi no logró anotar ningún gol y en Brasil 2014, cuando Messi en primera ronda conquistó 4 goles y fue determinante para la clasificación a octavos y desde ahí en adelante (ante Suiza, Bélgica, Holanda y Alemania) su estrella no brilló en relación a su formidable potencial.

Ese Maradona colosal del 86 que le permitió a la Argentina ganar la segunda Copa del Mundo, hasta estos días no ha tenido equivalencias. Ni Pelé en su máxima expresión mundialista en México 70 con 29 años, tuvo la influencia excluyente que alcanzó Diego con 25 años en la Selección que dirigió Carlos Bilardo.

Pelé tuvo compañeros de notable jerarquía futbolística en aquel scratch del 70: Carlos Alberto, Clodoaldo, Jairzinho, Gerson, Tostao, Rivelino. Maradona, en cambio, 16 años después en la misma geografía, no encontró socios extraordinarios, aunque Burruchaga siempre fue un volante de ataque estupendo con gran capacidad de llegada.

En definitiva, esa consagración inolvidable de Maradona que tuvo su cumbre con el golazo antológico a Inglaterra en el Estadio Azteca, terminó estableciéndose como algo muy parecido al cenit del fútbol de todos los tiempos.

Llegar hasta esa cima y además levantar la Copa se fue convirtiendo para Messi en un objeto de culto de valor incalculable. Calificado, con razón, como el mejor jugador del mundo desde hace por lo menos una década, el único casillero incompleto o por lo menos que no goza de una unánime plenitud es el que está relacionado con su aporte específico en los mundiales.

¿Qué le faltó? Una mayor incidencia en los desarrollos de los partidos decisivos. Esos partidos que definen si una selección sigue en competencia o se despide. Messi no la rompió en instancias definitorias. Alcanzaría con repasar las imágenes en Sudáfrica 2010 y Brasil 2014. No hizo la diferencia que se le reclamaba.

¿Esto significa que ahora, a días de que cumpla 31 años el 24 de junio, esa posibilidad no pueda expresarse? No, de ninguna manera. Significa que hasta el momento no lo hizo, aun siendo un jugador clave de Argentina. No lo hizo en la medida del talento que el universo del fútbol le admira y reivindica.

Alfio Basile habló hace pocos días del “liderazgo” que Messi no tiene. El Beto Alonso fue en la misma dirección que Basile y señaló que “Messi no tiene liderazgo para putear a un compañero en forma sana”. Jorge Valdano, por su parte, hace unos años afirmó que “Maradona es imbatible en términos emocionales, pero no culpemos a Messi por eso”. Las tres opiniones, valiosas y reconocidas, se enfocaron más en cuestiones anímicas que en contenidos técnicos y estratégicos.

En el plano estratégico y conceptual, Maradona era más generoso y solidario con su equipo que Messi. Su fútbol, siempre inspirado, potente y muy amplio en el despliegue, no reconocía territorios inexplorados. Si tenía que bajar casi hasta la línea de los defensores, lo hacía y le pedía la pelota al marcador lateral, al zaguero central o al volante más retrasado. Esa dosis altísima de energía y compromiso para resolverle los problemas a un compañero no limitaba su aventura ofensiva ni su visión para armar juego a 60 metros del arco rival. De hecho, cuando entra en contacto con la pelota en el segundo gol a Inglaterra lo hace a 55 metros del arco adversario. Y en Italia 90, cuando también entra en contacto con la pelota en la jugada monumental que construye para que Caniggia decrete el triunfo argentino frente a Brasil, también fue a 55 metros del arco de Taffarel.

Messi siempre jugó más arriba. No bajó como Diego. Ni en Barcelona ni en la Selección. Es cierto, tiene más gol que Maradona. Lo acreditan de manera inobjetable las estadísticas. Pero su compromiso es menor con el equipo. El precisa que le arrimen la pelota. Así se formó en el Barça. ¿Para qué iba a retroceder si se la daban al pie pasando la frontera del medio campo? No tenía incorporada la necesidad de bajar. No precisaba bajar. Cuando en algunas oportunidades lo hizo en la Selección, rápidamente se planteó que tenía que moverse en los últimos 35 metros de la cancha. Que allí, en ese sector, su presencia sería insuperable. Y él accedió, sin resistencias, a ese pedido.

Exigirle a Messi que su personalidad sea volcánica como la de Maradona, es irse a la banquina y volcar. Sería como haberle pedido a Maradona que sea políticamente tan correcto como Messi. O como siempre lo fue Pelé, en su categoría de genio complaciente con los poderes de turno. Lo que sí se puede esperar de Messi es que haga lo que hasta el momento no hizo con la camiseta de la Selección en los mundiales: iluminar desde el arranque hasta el final el tránsito de Argentina en Rusia 2018.

Esta expectativa es la que alimenta el fútbol. Y la que le permite a la Selección creer en lo que hoy pocos creen.

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